Piel

PIEL

Entre las telas de Anaranjados mares, su exposición anterior, había sólo un retrato, un autorretrato, en que un velo se interponía entre la pintora y el espejo. La presen-te reunión de obras forma coro para que Ximena alce el velo. En lugar de su propia mirada, aparece la del otro que la mira, que le da forma. La modelo es su primer encuentro con esa mirada en mucho tiempo y se da en la paleta como se descubre algo familiar cubierto por los años.

Largas poses permiten la pintura en vivo de Ernesto, el despliegue de la fuerza contenida, y de Gerardo en el sillón, retrato universal y local, actual y eterno. Apa- rece Eric, el bailarín. Sale al paso de la mirada con esa entrega que da la danza. La belleza de la secuencia, la actualización permanente de la figura, la toma del instante de la danza son ahora ofrendas a la quietud. Es tal la entrega, que hace al espectador replegarse sobre su ojo y regresar azorado por un poco más.

Eric, embajador absoluto de la piel, portador de una novedad que entendemos y abrazamos como nuestra, esperanzadora en el mundo convulso también nuestro. Se muestra completo, es lo completo del cuerpo. La paleta explota en las tonalidades de la piel –frontera y umbral- y recupera sus antiguas pulsiones.

El majo desnudo, ¿se está acostando? Se está levantando, alza la cabeza y la apoya, es el anfitrión que recibe al espectador como amante, porque amamos el cuerpo y el cuerpo nos ama. Su vocación, su llamado, es darse como se da la fuerza que por el tallo recorre la flor, en la boca del poeta Dylan Thomas. Y junto a la fuerza la dulzura de un joven cuerpo mexicano que ha dejado atrás la violencia.

El desnudo prevalece aún donde hay vestido, tal vez como una deuda de quien ha pintado muchas telas, metáforas de una pintura hecha por capas. Las capas de Piel crean de una atmósfera: el cuerpo de la exposición. Es en la atmósfera donde el ta- tuaje se dibuja, escritura de la piel. Es en la atmósfera donde flota el amor a la otre- dad, que es el amor a la unidad, la intimidad que mantiene las cosas en conflicto y las reúne, diría Heidegger con Hölderlin. Es la creación de un silencio, el de la paleta como un arco.

El comportamiento de la piel en el rostro es distinto que en el cuerpo. Lo enmarca la ropa, el hábito. Al desafío de las líneas, los equilibrios de color de los cuales la pin- tora ha salido victoriosa, se suma algo inefable que pertenece a los rostros, conocido como “expresión”, que no se ubica en uno de los rasgos sino en su conjunto.

Cada retrato es un hito en relación con el anterior, multiplica lo que implica. Son escenarios donde el yo y el otro se traban en combate, a veces de manera expedita, como duelo de espadas, y otras batallosa, a pura sangre y sudor. Es la suma de las formas en que la artista ve a los otros y la suma de las formas en que la miran; es el yo ese punto donde todas las miradas se interceptan.

Aparece la boca sola, como para quedarse con la última palabra. La boca, fin de la piel, origen del mundo, cueva de la palabra. ¿Por qué dos bocas? La boca de este mundo y la del otro. Dos bocas: la posibilidad del beso.

La incursión en el volumen, en la fibra de vidrio, da cabida al tacto como forma de entendimiento primaria, el idioma de la piel. Como la piel se abre paso en la paleta, el volumen se abre paso en el plano y se abre de par en par la ciudad de la piel, con su noche y su día. Diferencia y repetición, materia prima del todo. Rostro multipli- cado por el instante: mismedad y multitud.

El rostro vuelto abstracción, figura geométrica, para que el color se despliegue en su máxima y su mínima expresión simultáneamente; para que se encienda y se apague, se manifieste en toda su contradictoria modernidad.

Es el torso como síntesis del cuerpo, llamado sintético al tacto, materia que propone su propia pigmentación, su textura, su piel. Si la espalda alberga nuestra memoria cuadrúpeda, el pecho no guarda nada, puro futuro.

Regresa la tela desde la muestra anterior, y desde mucho antes, pues ya estaba con- tenida en la piel y su destino de animal desnudo. La piel sería esa tela que nos cubre y nos contiene. A estos relieves viene por su tercera dimensión, donde renueva sus votos de quietud y movimiento, su promesa de mar y de montaña. Ya no cubre, es.

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