Libación

Libación

¿Cómo descifrar los signos distintivos de la obra de arte contemporánea? ¿Cuáles son los convocados en un habla pictórica como la de Ximena Subercaseaux? La experimentación estética de sus cuadros es casi instantánea. Atrapan al espectador gracias a que su fuerza expresiva brilla a la primera y de golpe. Nos desafían para encontrarnos con nuestras propias experiencias y expectaciones del mundo. Esta es la deuda que adquiere Libación con su singularidad sígnica. Pero dudemos que las variedades de la relación simbólica se agoten por la singularidad, más bien por ella incrementa su multiplicidad al contacto con la enmadejada infinitud de recepción.

Justo es el conflicto de la vida un signo de cíclico vaivenes. Como los cuadros de Subercaseaux la vida esquiva una serie cuya secuencia esté de antemano estipulada. La rigidez de la montaña se asoma entre los paisajes de cielos azules, verdes y morados, pero después se muestra como un pedazo de roca sobre la mesa. La ausencia del mar encuentra eco omnipresente en la arena encerrada en una botella o en la sal de un recipiente que será tumbado.

Libación expresa la generosidad de conceder vida. Dotar libertad a lo inanimado. Santificado sea el mundo que nos circunda –dice su lenguaje. El agua cristalina que da sustento al florecer de la existencia es el acto mismo del universo creado. La Libación adquiere sentido ceremonial en esta obra, pues representa la conmemoración simbólica de nuestra comunión cíclica con la vida. La atmósfera enrarecida de sus cuadros despierta la expectativa de aproximarnos a ellos como a un portal lumínico. A un ventanal familiar pero al mismo tiempo insospechado por su contenido. Fulgura una tensión del sacrificio que es llevado hasta los bordes de la muerte para que  la vida se eternice. Surge una entrega luctuosa pero realizada a favor de la permanencia.

La irradiación plástica de Libación conduce a una aisthesis de la sobriedad. En conjunto, antes de ser leídas intelectivamente, estas representaciones asienten frente al riesgo de empujarnos a descifrar nuestra propia idea de la catarsis.

Su gramática visual hace posibles sensaciones y situaciones vitales. Pero se alejan de la consternación o la conmoción. En sus colores coexisten desde sus diferencias: el cristal y las flores la ubicuidad de los líquidos y el reflejo del mal.

Cosmovisión de percepciones conviven al llevar sobre el lienzo un serpenteo de imágenes entrelazadas. Con su destello percibimos los signos que dotan claridad a cuadros como el mar, Naufragio o La noche, invitando a explorarles con los sentidos atentos. La transparencia, aparece desde el primer acercamiento sin menoscabo de las sombras que ocultan nuestra ordinaria identidad. La limpidez pictórica se traduce en prudencia de color y pulcritud de iluminación. Copas y jarros lanzados al azaroso naufragio de los dados resurgen luego intactos y disciplinados frente a un vitral hierático. El vino yace estático para luego soltar rienda a un vagar lluvioso y desordenado. Y afloran todos juntos en un vuelo suspendido cuyo ciclo reinicia al descubrirlos medio sepultados en la tierra.

El curso vital también invoca al vanidoso reflejo de las frutas en los jarrones de metal. Lucen granadas y peras posando ante la envidia de las flores. Se debaten por los matices vivificados en los ojos de quien las contemple, porque saben de su insidiosa finitud al igual que el ave y el conejo. El consuelo llega cuando nos damos cuenta que nuestros restos prevalecerán donde la humanidad decida ir. Esa es la fecunda inmortalidad que perseguimos con la granada. Ximena nos enseña con serenidad que el reflejo de la vida en el color representa a las diferentes perspectivas mediante las cuales percibimos la existencia. Reflejo que significa al espejo en el que se posan nuestras más profundas apetencias.

El cuadro como la cultura es un recinto de articulaciones sígnicas. Como todo objeto portador de sentido artístico, la pintura se esgrime victoriosa cuando desde su circunstancia vierte sobre el lienzo la multiplicidad de evocación así como el punto límite en la reinvención de la cultura. El arte, entre las distintas manifestaciones de la cultura, porta un carácter filosófico que privilegia la relación activa del receptor con el múltiple contenido sígnico de la obra.

Merleau-Ponty creyó que el rol de los títulos de los cuadros consiste en permitir a los signos pictóricos actuar como tales, sin embargo en estas piezas, los títulos adquieren un valor estético suplementario frente a la poética de la imagen. El léxico literario que acompaña a las imágenes sugiere el resuelto empleo de la figuración retórica. La pluralidad estética resulta de la determinación poética de los signos visuales y el alfabeto de los diversos signos interconectados apela a las reacciones intuitivas del receptor.

Nos encontramos ante un trabajo que presenta el signo de lo múltiple: cada matiz, cada rasgo, cada objeto representado, constituyen el significado de una puerta de acceso a nosotros mismos. Los cuadros de Libación son un acto vital que va del creador al espectador en donde la pintura constituye el punto de encuentro. Desde su puntual multiplicidad, revela la nítida simbiosis donde toma expresión el haz pulimentado de una pintura perceptiva ante la oscilación de una vida hecha signo por la obra. Bebamos pues de ella hasta palpar los latidos de la existencia  ¡SALUD!

Pedro Cortés Rodríguez.

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