La Luz de la Memoria

La luz de la memoria

“Una manera nueva de mirar una cosa vieja será más renovadora que una manera vieja de mirar una cosa nueva.” Esta lúcida afirmación de Albert Ràfols-Casamada apunta tanto al tema de la exposición titulada La Palabra Dormida como al lenguaje pictórico desde la cual se aborda.

El realismo inmediato aparece luego como matiz de una búsqueda artística en que nada está predefinido. El tema del cuadro se somete a la luz como verdad última que es, sin embargo, subjetiva, mutante, inaprensible. La luz de la memoria, la luz de la infancia, la luz de otras latitudes. El juego de mutua dependencia entre espacio, materia y luz que se traduce en un elemento: la composición de color.

La fotografía, que en otro momento de su trayectoria jugó para Subercaseaux un papel de dependencia instrumental, es retomada ahora como juego temático desde el oficio pictórico. La artista replantea el blanco y negro desde el pigmento, guiada por la misma mirada que busca revisar lo real que persiste en la imagen mental, lo subjetivo que no escapa a la imagen real. En La Palabra Dormida la fotografía se convierte en la paradoja del realismo. La vejez de la fotografía es recuerdo, a la vez que relativiza su condición tecnológica. La fotografía es instante y es instrumento plástico, el cual, al hacerse literal desde el lenguaje pictórico, alude a su vez, a la condición instrumental de la misma pintura. El realismo fotográfico de cuadros que no han sido pintados a base de fotografías sino en base a modelos (como es el caso de la serie de corazones), convive junto al tratamiento pictórico de la fotografía como tema, donde el trazo es sutil aunque evidente, y junto a obras donde el trazo se explaya en su marca espontánea. Hay una reflexión activa del oficio, y una declaración de libertad en tiempos en que la vasta gama de posibilidades que ofrece la tecnología parece aturdir la habilidad de los artistas y perfilar el camino de exploración en una sola dirección.

Otro elemento que Ximena Subercaseaux retoma de su trayectoria es su relación con la literatura, específicamente con la poesía. No se trata de ilustraciones o de conceptos literarios trasladados al espacio, sino de sugerencias, correspondencias, fragmentos de poemas, palabras ininteligibles que se convierten en trazos, en evocaciones que participan de lo visual. La palabra dormida es la ausencia de la palabra, la muda elocuencia de la imagen. La palabra dormida es una mujer tendida en la cama como una prenda arrojada, una niña que juega con la muerte porque la vida la desborda, un rostro que viaja de cara al sol sobre una estantería de libros dormidos, presentes pretéritos, eternidades donde no existe siquiera la posibilidad del recuerdo.

La importancia que la artista confiere al espacio se reafirma en las calles de Santiago de Chile, evocadas, más que retratadas. La fidelidad de la imagen es estirada dentro de los límites que plantean las leyes del lenguaje pictórico. La perspectiva es representación, mientras que el espacio es real, determinado en un principio por relaciones de elementos, y, finalmente, por juegos de color, ahí donde realidad equivale a la conformación de una atmósfera. El paisaje urbano de Subercaseaux pareciera continuar después del cuadro, en el punto en que su unidad de representación se vuelve fragmento de realidad. Entretanto, los cuadros insertados en telas entablan correspondencias de color, establecen contextos subjetivos que reinterpretan la atmósfera y la completan.

La palabra dormida es una muestra en la que el elemento autobiográfico, siempre latente en la obra de arte, es llevado por Subercaseaux al extremo de un gran autorretrato en forma de mosaico, un autorretrato en el tiempo. Ahí donde la memoria se apaga, la historia se vuelve a repetir. Por ello esta muestra es, a la vez, recuperación de una inocencia de época, no tanto desde el yo como desde el nosotros, testimonio de un mundo que se esta desvaneciendo contrastado con retratos de la ausencia en la ciudad actual; una doble reseña del asombro ante lo fugaz y la certeza de lo permanente. La vivencia es el pretexto para la emoción que se traduce en imágenes, síntesis paralela de la experiencia vital y la madurez técnica de Ximena Subercaseaux.

Carmen Avendaño

Monterrey, octubre 2002 

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