Imaginar la Permanencia

Imaginar la permanencia

Recordar es existir. Una sola imagen basta para alumbrar la impronta de una vida. El hombre de la caverna murió tranquilo porque pudo decir: Esto fui y en esto creí. Religiosidad más que certeza. Casi sagradas Altamira y Lascaux abrigan nuestro desamparo, alientan nuestra fe en que por la imagen quedan insitos nuestros nombres. Como una callada señal el arte nos hace entrar en comunión. Esa comunión sentí al ver por primera vez los cuadros que integran esta muestra: árboles, muros, sombras, rostros atravesando nuestros corazones, regresándonos al sitio de la primera y última vez. Sólo que ahora mirados desde un silencio engendrador que se presiente nacido del deseo a dar curso a un destino.

La imagen es semilla de realidad sembrada en su propia sombra. Esta muestra enseña que la única realidad es la que capta la mirada: por los ojos se construye el mundo. Si fija esta la sombra, resuelta queda toda transparencia. Tales pensaba que el alma se mueve sola. Pienso que sola se mueve el alma cuando se siente acompañada. Estos cuadros nos acompañan. Algo en sus rostros, sus casas, sus muros, pareciera ser nuestro, como si fueran porciones de historia de nuestras almas. Movilidad y Permanencia. Y no creo con Heráclito que no podamos entrar dos veces al mismo río. Ante estas imágenes se reaviva nuestro modo cotidiano –y por ello el más humano—de existir.

Imaginar es construir una morada. Ximena la inventa (la halla) dentro de una historia muy suya y sin embargo, de todos. Signos, voces, silencios, impregnan la chimenea, los libros, la habitación. Nos vemos sentados en la biblioteca del abuelo hojeando el álbum de la familia como si nuestras vidas fueran los negativos esperando ser revelados. Esta exposición trae claridad a lo borroso, cuerpo a lo insustancial: nos habla de una promesa. En la obra de Ximena la luz va haciéndose cada vez más luz. La vimos en Galería Arte Actual (Oasis de la noche, 1998) filtrando la luz de los bares, las calles, las esquinas. Luego en el Centro de las Artes (La Habana: La Rosa y La Piedra, 2001) rescatando la luz de muros y oleajes de la Habana. En la presente muestra (La palabra dormida, 2002) se intuye la luz dentro. Como desde la oscuridad de un cuarto de revelado nos invita a vivir afianzados en nuestro derecho a no olvidar. Esta luz se adentra en el silencio, alumbra desde la sombra, alivia nuestra ambigüedad. Ximena Subercaseaux asume nuestra condición de exiliados: se crea cuando se deja de saber lo que es.

Imaginar es también insistir, ir de nuevo hacia sí. La llama la llama, la guía, la conduce como por caminos desiertos desnudándose para ensanchar el corazón, recogiendo fragmentos de lo que fue: su mirada no duerma. Los ojos de Ximena, los ojos en las manos de Ximena, restauran la quietud. Sus rostros nos devuelven otros rostros, nos enseñan a mirar, a estar en la pura desnudez. Hay una complacencia (vemos los cuadros por el placer de estar con), una aquiescencia (sus personajes consienten en que estemos ahí.) Es el don del arte la reconstrucción de nuestra historia. Es también una forma de gratitud, una alianza por gracia. Ya abiertos a su decir, Ximena nos presenta un pasado depurado.

En el arte es menester mentir. La verdad a secas nos mataría. La realidad del arte basta para asumirnos y sumirnos, para aceptar y negar, para callar y descifrar. Amarga es la belleza, aun así, debemos alabarla. La simple verticalidad de la llama nos dice que todo es descenso y caída. Sólo la oscuridad rescata. En Ximena la luz es toque metafórico trascendiendo su materia. De ahí los signos de religiosidad, el deseo de que recorramos esta muestra como si en peregrinación: hablando quedo, mirando pausadamente.

Imaginar es restablecer momentos de quietud: las imágenes hablan callando. La poética de Ximena Subercaseaux está abierta a un alto saber que nace en su interior y ahí mismo se pule. Por Schopenhauer sé que ningún hecho de la vida humana debe de ser excluido de la pintura. Las historias aquí presentadas se viven más reales que las del exterior. De ahí que imaginar sea siempre dar con la semejanza. El arte es tallar dos piedras. Su roce basta para alumbrar pasillos, noches, cavernas. Ximena nos dice que no tengamos miedo de evocar, de convocar a los muertos, de ser de nuevo inicio, camino, destino.

Me queda sólo decir que siento el tono agradecido de quien, sin dejar de ver, ha vuelto a ver, ahora conmovida, moviéndonos a despertar desde cada imagen que nos da. Quien da, por lo general, da sentido.

Jeannette L. Clariond

Garza García, nuevo León

Octubre, 2002

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