Fulgores

FULGORES.

POR AVELINA LÉSPER.

No te conoce el niño, ni la tarde

Porque te has muerto para siempre.

Alma ausente, Federico García Lorca.
A la memoria no la mata nadie. El rostro de Federico, una mujer bella, plumas de pájaros, arena, rojo que es sangre, azul desbordante. Las pinturas de Ximena son una exploración a un pasado que tendría que explicar su desenlace, desentrañar una vida y exhibirla, narrarla con la impudicia que ya han mostrado la Historia y la Poesía. Estas pinturas son una invocación espiritista en medio de una fiesta. La poesía de Lorca golpea con los colores, se emplastan en el trazo: “No te conoce nadie. No, pero yo te canto”. Y es Ximena la que canta ahora. Crea con su pintura una relación matérica con la luz, con la voz. Los que conoció Ximena y los que viven en su torrente sanguíneo, los que poblaron de leyendas su infancia, los que regresan en sueños. El sacrificio da paso a una nueva vida, dicta el renacimiento, poetas, palomas, rosas, orquídeas, peces, renaciendo a través de la pintura. Ante el pasado tenemos que olvidar o exaltar, huir o enfrentar. Este álbum de rostros y naturalezas muertas, es la búsqueda imposible del que enfrenta su destino con el origen y se pide cuentas. Estas pinturas que pertenecen a la propia historia de la artista nos comprometen con mirarlas, sacan los rostros de una pasión, los fulgores que iluminan la memoria, que iluminan el lienzo, nos hacen saber lo que no debiéramos y con esta intrusión, nos involucran en su aquelarre particular. Si ella valiente y de corazón se exhibe para pintar, nosotros nos prestamos para contemplar y saber.
No te conoce nadie, no. Pero yo te canto.
Yo canto para luego tu perfil y tu gracia.
Alma Ausente. Federico García Lorca.
A Lorca todos lo amaban, a ese niño dichoso todos lo querían, menos lo que odian a la poesía, menos sus asesinos. El día que asesinaron a Federico, el tío de Ximena, Carlos Morla Lynch estaba en la calle, y al escuchar la noticia de la muerte de su amigo, al oír a la gente gritar: ¡Federico! ¡Federico! Carlos Morla sólo pudo correr, correr, huir sin sentido, sin dirección, huir de su propio sufrimiento, huir de la muerte de Lorca, de la demencia de lo irremediable. Carlos, como todos, veía en Federico un hermano amado, un ángel que escribía poemas. En Voces de Muerte, Ximena retrata a Federico, desde esa memoria genética del que no conoció y creció escuchando, desde la línea de la poesía “Como todos los muertos de la Tierra, como todos los muertos que se olvidan”. Ese pasado que no conocemos, esas sombras lúcidas que caminan por la vida de Ximena, por la poesía de Lorca, explora, hurga en las pasiones que Neruda cantó en sus poemas y las revela deliberadamente en su pintura. En sus cuadros nadie muere para siempre, trae a nuestra mente la bárbara violencia con la que el franquismo asesinó al poeta y nos recuerda que no se puede matar a la poesía, que un dictador no acaba con un genio. En el retrato de Federico vemos, como dice Carlos Morla en su diario, que “Avanza hacia nosotros con las manos tendidas y muy abiertas, como un hermano que entra”. En el cuadro abre levemente los brazos, Ximena hace énfasis en recrear estas manos mutiladas, las detalla, traza las líneas del destino, sus dedos finos, el poeta se entrega, se muestra, sin nada que ocultar, es la esencia de sus palabras. La despedida, Lorca que se va. Está en medio de un camino que se bifurca, el cielo es azul y no es claro, un tono violeta lo enturbia, sus ojos están limpios e iluminados, cae la tarde y Federico de pie en una calle céntrica y solitaria. La cúpula verde resalta los ocres y tierras de los edificios, la tarde se hace casi acuática, se refleja azul en los hombros de Federico. Es un joven Lorca que se marcha, que abre los brazos y se despide, señor, traje oscuro, raya diplomática, no es luto, es elegancia, se va hermoso para que así lo recordemos, con la dignidad que se empeñaron en arrancarle sus verdugos. El poeta que murió fusilado, mutilado, arrojado a una fosa común, el poeta al que su poesía no deja morir, lo trae Ximena a la calle como quien se va de viaje, como quien parte en un barco y nos dice: solo vine a despedirme, a decirte que no olvides.
Si pudiera sacarme los ojos y comérmelos
Lo haría por tu voz de naranjo enlutado.
Oda a Federico García Lorca, Pablo Neruda.
El arte es premonitorio, el arte anuncia el futuro trágico o deslumbrante. Es el oráculo que sin piedad revela lo que no podemos cambiar, lo que ya una vez anunciado será irreversible, inevitable. La tragedia está en conocerlo. Neruda escribió Oda a Federico unos meses antes de su asesinato, presintiendo en medio de la guerra que un poeta luminoso es un peligro para la tiranía. Neruda escribió con palabras que gritan, “Me moriría por verte de noche, mirar pasar las cruces anegadas, de pie llorando”. Neruda ya ve perdido a Lorca, ya lo extraña, en su Oda lo recuerda antes de que se haya ido para siempre. Este anuncio trágico, esta terrible revelación es la poesía, es el arte. En Carlos y Federico vemos a dos amigos juntos, dos amigos entrañables. Federico toma del brazo a Carlos, buscando protección, demostrando una frágil vulnerabilidad; Carlos decidido y con nobleza mira al horizonte, no sabemos si ve llegar la muerte, no sabemos si evade la dolorosa posibilidad de separase, de que esas noches de lecturas de Yerma se acaben, que esas charlas largas con risas y poemas se terminen. El sol en el cenit ilumina sus rostros de golpe, es el sol implacable de España, ese sol que deja marchitas las tierras, que madura la fruta, que seca y pudre, que llena de olor el pasado. Ximena quema sus colores con este sol, cubre de tonos suaves el recuerdo narrado por su tío Carlos, por su abuela. Pone la luz a golpes y la reparte sobre los hombros y los rostros, es una luz ceniza, pesada, polvorienta. Carlos fuma y Federico callado piensa, no nos ven, ven su propia compañía, su amistad. Federico joven, siempre joven, así se quedó en la memoria de Ximena, de todos, así lo recordaba su tío Carlos cuando releía sus poemas. El parecido es exacto y no es realista, es una recreación casi fantástica, soñada, con un muro atrás no podemos pensar en donde están, la luz del sol es el mapa, es la guía. Carlos y Federico es el instante previo a la tragedia, es el instante que ignora la peor de las penas, que ignora el dolor que acecha. En la placidez de la escena, Ximena los reúne, asume el vaticino de Neruda y decide que ya es tiempo de que estén de nuevo juntos. Se terminó la espera, “Lo haría por el árbol en que creces, por los nidos de aguas doradas que reúnes”, cantó Neruda.
Andan las mujeres buscando, como locas, el paradero de sus esposos y sus hijos, y no sabrán nunca más de ellos.
Carlos Morla Lynch. Diarios.
La guerra acaba con los amigos, la lidia acaba con los toreros. Los mata el orgullo o el toro que les revienta las entrañas. Las mujeres ruegan que regresen, y cuando no vuelven corren a la plaza, a los hospitales, resignadas y furiosas. Saben que se enfrentaron con un enemigo formidable que ahora también es de ellas, detestan no poder vengarse. Las mujeres de toreros y las de milicianos son brujas, rezan para que vivan y si mueren sacan sus restos de las fosas con las uñas, y llevan sus cabellos enredados en sus collares. Hay dos toreros, uno vivo Ignacio Sánchez Mejías que llora desconsolado y otro muerto, Joselito. Ignacio ve el rostro de Joselito tendido, rígido y presiente en esa máscara su propio destino. Joselito buscó la muerte, se empeñó en entrar en un cartel que no lo incluía y esa tarde el toro lo embistió mortalmente. Joselito es azul, dejó toda la sangre en la arena, su rostro en paz, petrificado es una escultura. Una gota de sangre en la sábana denuncia la herida fatal del torero. El sol de la tarde cae sobre su frente. Ignacio con el rostro febril, con el tono de un enfermo de dolor, lo toca con una mano y con otra se consuela a sí mismo, le reprocha su locura, su necedad y llora por lo que le espera. “Buscaba el amanecer y el amanecer no era, buscaba su perfil seguro y el sueño lo desorienta”, le cantaría más tarde Lorca a Ignacio, una tarde como esa en la que encontró su destino entre aplausos y gritos.
Y su sangre ya viene cantando:
cantando por marismas y praderas,
resbalando por cuernos ateridos,
vacilando sin alma por la niebla.
La Sangre Derramada, Federico García Lorca.
Autorretrato en una encáustica, una naturaleza muerta. Vemos a la artista que se refleja en la jarra de plata del centro de la composición. Es una doble puesta en escena, la del fondo que adivinamos y el primer plano de plata, frutas y plumas de pájaros que caen suavemente. En el reflejo podemos apreciar el ventanal que ilumina la escena, Ximena pinta del natural, los objetos inventan atmósferas, y deja que la luz se apodere del tiempo y la persiga, la acosa para que la pintura sea lo que ella vio por unos instantes. El fondo oscuro contrasta con la plata, un espejo cóncavo que nos permite conocer, espiar el momento de la creación. El rojo de las frutas, de las granadas está poblado de tonos rosas, de orillas que se levantan verdes y distraen de la escena del fondo, hacen una cortina frente a lo que tenemos que ver, que en la curva de la jarra hay un estudio, cuadros en las paredes, un caballete, una vida. Autorretrato es una carrera por detener la vida, por detener el tiempo, la pluma se queda suspendida, las frutas no deben marchitarse, y Ximena no deja de pintar, un cuadro, o mil cuadros. Bodas de Sangre, un manto de terciopelo que traza con luz y sombra, el rojo es sangre, vida derramada, fuego. “La sangre corría más fuerte que el agua” recita Lorca. Ximena hace con esta tela y sus pliegues, las luces que destacan sus cumbres y la oscuridad que profundiza los abismos de la sábana del amor trágico. “Malditas las navajas y maldito el que las inventó”, las navajas cortan venas, rebanan corazones, matan amantes, y el terciopelo rojo de Ximena está teñido con esa sangre, la que deja correr como un rio para revelarnos su aventura y su poesía. Es lujo y es mortaja. Las naturalezas muertas son escenarios que evocan una fuga no cumplida, arena del mar, plumas de pájaros que ya no sentirán el cielo, rosas, un mascarón de proa, son planes de huida, rastros para encontrar un sitio al que sólo se llega pintando. Crea altares con objetos consagrados, inútiles para la vida, indispensables para la evocación, los deposita en la transparencia y el fulgor del vidrio, los enjaula, hace del reflejo y la ligereza una contradicción frente a lo que contiene. El Mar y los Pájaros, para Tiresias el mar traía al pasado, para las piedras el mar lo borra, y las plumas, huellas de lo que se fue. Quien lleva en la piel el lenguaje de los fantasmas, quien es capaz de consultar a los muertos, es también capaz de irse con una pluma, con pigmentos, con aceites y colores. Ximena hace sus propios sus colores, no existen más que en sus pinturas, recetas secretas de generaciones de pintoras, de magas que revuelven emociones con pigmentos. Aplica los colores para dibujar, pero también para dar otra dimensión al lienzo, para formar texturas que invitan a que toquemos la obra, a que sintamos el color y las variantes de los tonos con las yemas de los dedos. Nos permite depositarlo en la memoria palpando, mirando. Con estas obras sabemos que el azul a veces es delgado, el rojo tiene espesura, capa sobre capa los tonos se mezclan, se reafirman o desaparecen, saturan el lienzo haciendo surgir transparencias y opacidades. Este volumen aporta a la figura, al objeto, es cómplice del color. Texturas que denuncian el placer con el que pinta Ximena. “La materia y la poesía, confundidas” menciona Carlos Morla Lynch en sus diarios, evocando sin saber, sin conocer, lo que es la pintura de Ximena.

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