Exilios

EXILIO, HOGAR, EXODO

Por Avelina Lésper

Las calles del pasado no tienen nombres, tienen imágenes.
El mapa de la huida se revive con recuerdos.
Las moradas son estados interiores, lugares que regresan con un accidente de la memoria, con una nueva partida.
El hogar y la patria de un artista está en su obra, en ella vive, crece y construye su verdadera nacionalidad: el lenguaje, los temas, la creación que lo describe como una biografía y un autorretrato.
La nostalgia de la partida se convierte en una compañía, en una forma de vivir, se añora cada lugar que se deja y sin embargo, los retornos nunca son lo esperado, entonces la recuperación de ese sitio anhelado se vuelve una desilusión que rompe con lo que nuestra memoria deformó imaginando y deseando.
Aprendemos que el retorno buscado no es físico, es temporal, que el exilio nos separa de una cotidianeidad tan delicada y barroca, tan llena de elementos casi imperceptibles que reunirlos de nuevo es una tarea imposible, esa imposibilidad es su tragedia, y tal vez, su gloria, sin esa condición no podríamos idealizar lo perdido.

PINTAR LA HUIDA 

¿Qué guardamos en una maleta cuando dejamos todo? ¿Qué elegimos? Algo práctico, algo sentimental o lo irrecuperable, tal vez cosas de valor económico ¿Por qué una persona tiene que pensar en eso? ¿Por qué tenemos que tomar decisiones tan difíciles? ¿Cómo saber qué debemos dejar atrás y perder?
La vida no cabe en una maleta, al contrario, se pierde, se fragmenta y malinterpreta.
Ximena Subercaseaux siempre ha pintado la nostalgia y la pérdida, en distintos momentos y situaciones está presente ese vacío, hoy pinta maletas que navegan con flores adentro, o que guardan fotografías, espejos, hojas secas y poemas.
Es un misterio por qué Ximena empaca un libro de poesía y deja otras cosas, lo que es evidente es el dramatismo de su color, rojos sobre rojos, el color del sacrificio.
Una orquídea viaja en el mar, en agua que pueden ser lágrimas, su fragilidad es Ximena, ella es esa flor que se verá obligada a olvidar su delicada naturaleza para adaptarse a sitio desconocido, es también un regalo, un halago que una flor tan exigente pueda crecer en otro entorno, que desarrolle una capacidad de supervivencia y resista.
Estas obras tienen una composición extraña, nos arrastran al interior, son profundas, me conmueve el cuidado con el que están realizadas, Ximena pinta con madurez, repasando todo lo que ha aprendido del arte y de la vida.
La armonía de los colores, tan emocional, simbólica, la maleta lila es intimidad abierta… me duele el valor de Ximena.

EL ORIGEN NO EXISTE

Casas, ruinas, barcos, copas, objetos personales, son templos y altares.
El tránsito de una vida entre habitaciones temporales, puertos, calles, luces en las ventanas.
La memoria no es fotográfica, es emocional, recuerda lo que siente y le da forma, mapas: Ximena reconstruye su historia, la de su familia en pinturas que le dicta su deseo de curar el pasado, sanarlo, la pintura sirve de espejo y de nuevo de tránsito.
Ximena pasea por las circunstancias de su existencia que se divide entre el éxodo y la efímera estabilidad de un hogar, y ese infinito ella le ofrenda dentro del lienzo, límites y casa, pareciera que recolectó los fragmentos sueltos de su vida, detuvo su errante ir y venir para guardarlos en sus pinturas.
Pinta pasaportes y no son miméticos, son collages de lo que queda en su mente, los restos recuperados.
Construye cromatismos geométricos, telas colgando, documentando su toponimia emocional, es un esfuerzo por racionalizar su biografía, el árbol genealógico de su paleta.
La tumba que no tiene sitio, como Antígona, Ximena ha retado al poder de la realidad, de la geografía, del olvido y con tres rocas señala el lugar de la tumba, el punto para recordar, el punto más comprometido de su obra, porque está con lo más sincero, doloroso y sereno de su ser.

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