Anaranjados Mares

Anaranjados mares

Anaranjados mares de la serranía
Idos, idos, no volváis jamás…. Los negros eucaliptos han vencido.
X.S.

La primera exposición de mi madre que puedo evocar con claridad es Presencias, muestra decisiva que marca el arranque de un lenguaje estable y sin norma. Y es sin duda la que guarda mayor relación con la muestra actual y resalta su distancia. También ahí aparecían las telas: camisas que quedaron abrazadas después de que partieron los cuerpos que las habitaban; el raso que en sus líneas anunciaba el vestido de novia; mi propia cama guardando todavía trazos del sueño profundo adolescente. Vista desde Anaranjados mares, Presencias era una exploración de las telas como depositarias de nuestras huellas y presagios.
Como en una tienda de árabes del barrio Bellavista, Anaranjados mares es tela sobre tela. Tela y pigmento, diálogo básico, originario. La ilusión de la tela suelta, posible pliegue, sobre el bastidor estricto y tirante. Nada más que ritmos. Cultura hecha naturaleza, sin razón ni romance. El desafío del volumen en su expresión esencial. Tela sobre tela, pintura sobre pintura.
Habla Umberto Eco en su Historia de la belleza sobre la incisión entre apariencia y belleza: (…) “incisión que los artistas intentarán mantener entreabierta”(…). La tela es el símbolo del aparecer y ello dice que toda apariencia cubre; luego, todo en su aparecer cubre otra cosa a la vez que es en sí.
Sea que la artista haya o no trazado ese diseño, podemos entender los cuadros sin telas como descubiertos. Poseen el signo de la revelación, y, curiosamente, son autorretratos. Si la autora viene a romper la unidad del ser y el aparecer, lo hace sólo por medio del reflejo.
El autorretrato es la expresión visible del enunciado: yo pinto. Soy mi mirada. ¿Qué es mi mirada? Yo soy lo, el espejo convexo o el jarrón, lo soy. Lo soy todo = todo es yo = yo soy nada: La pintura es.
Entremedio está Orquídea, autorretrato con desnudo, parcial por el espejo como marco y por el velo: la tela que revela. Cubrir y descubrir se acercan, apariencia y reflejo se confunden en un cuadro que de manera singular en el conjunto es prenda de un momento preciso, del día y de la vida. Porque estas naturalezas artificiales o artificios naturales han sido pintados a todas horas y representan por tanto una suma de presentes y una aproximación desapegada del realismo, o bien, el intento de “comprender la magia de la realidad y transmutar esa realidad en pintura”, como dice Beckmann y cita Ximena en su Facebook.
Tal vez un correlato a la insinuación crepuscular de Orquídea, Mañana ofrece una jofaina, versión abierta del jarro en la que sí podemos ver el contenido, y con la versión más humilde y cotidiana de la tela: la toalla, en un conjunto que me hace pensar: somos pretextos del blanco. Así las sábanas sublevadas que conviven con el otro elemento, el metal, o aquellas que acabaron por cubrirlo todo, como el olvido.
Contrapunto de la exposición es el cuadro dedicado a Paul Klee, que yo hubiera titulado “desnudo”, por la transparencia con la que expone lo más elemental de un arte: pintura sobre tela, color;y, por otra parte, estampado, acuse de modernidad, objeto en serie.
Anaranjados mares, en la ruta de Ximena, avanza hacia la desmitificación, lo que coincide con el abandono de la palabra escrita como parte de la textura pictórica. La pintura sin poesía en su propia poética. Sin escritura, su paralelo. Escritura borrada, línea perdida en el trazo, conciencia disuelta en la expresión. Permanece en su lugar, en los títulos, provenientes de poemas de la artista que se vuelve de este modo doble autora. Desde su propia esfera la poeta influencia a la pintora, y los Eucaliptos negros provocan el giro hacia la belleza nocturna.
Si, como dice Nietzsche, la música es la idea inmediata de la vida y la escultura (en este caso la pintura) es la eternidad de la apariencia, esta búsqueda estética se diría más dionisiaca que apolínea, pues los cuadros, en su aparente reposo, suscitan pasiones como la música, y poseen un orden perturbador, un orden sonoro. En algunos, si escuchas atentamente, oirás el sonido del mar, muy quedo; apenas el roce de las telas.

Carmen Violeta Avendaño

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